LARGA ESPERA… SÓLO VER TU ROSTRO SANTA MADRE Y DERRAMAR MIS LÁGRIMAS DE AMOR…

Dialmira, de 10 años, peina cuidadosamente a su pequeña ñañita de 4 años, le moja el tierno y desgreñado pelo con el agüita turbia del río Huallaga. Mientras la peina, le habla cariñosamente para aminorar el dolor que produce el peinado:
– No llores ñañita, ¿ya? Vamos a ir a la ciudad a ver a la virgencita de las nieves ¿ya?, vamos a comer ricos panes y keikes que siempre has querido¬–.
Dialmira sube al emponado nuevamente y coge del tumulto de ropas maltrechas que cuelgan de una de las vigas de la casa, un vestidito semiroto, luce en uno de los costados unas manchas negras como la palma de una mano, son de resina de plátano, pero así y todo la pone con ilusión a su pequeña engreída.
En pocos minutos la pequeña Lastenia ya está vestidita, piecesitos patirrajados con unas sandalias parchadas, un vestidito rosado manchado y algún trozo de tela fina sujetan sus pelitos. Ahora le toca a Dialmira, de un salto vuelve a subir al emponado jala una vez más una pieza de ropa del tumulto, es un vestido color verde gastado por los años, se la pone como una monita, mientras le habla con tierna vanidad a su pequeña hermanita:
–¿Me veo bien ñañita?, tío Anselmo nos trajo esta ropa hace años y hasta ahora lo guardo ¿ves?–. Como es en la selva, la ropa es joya que se guarda, aunque los años lo dejen a uno, y así, el vestidito a Dialmira le queda corto, casi le suben las piernas, pero así y todo para ella es el único y precioso vestido que guarda con celo e ilusión.
Muy temprano, al rayar el sol de la mañana vieron marchar a mamá al campo, apenas oyeron las recomendaciones y la gran promesa de ese día: “Vas haciendo la merienda, yo llegaré temprano para irnos a la ciudad a la fiesta de la Virgen, vas arreglando a tu hermanita…”
Llega la tarde y aquí las dos floresillas de la tarde, sentadas a la orilla del Huallaga, esperando el retorno de mamá que les lleve a la ciudad a ver a la Virgen de las Nieves, y no llega.
Dialmira otea los pompos de nubes y se imagina cuán bonita debe ser la Virgen. En la escuela han pintado a la Virgen de las Nieves, la profesora les hablo de ella, de su belleza y bendiciones que da a los que la aman, oyó decir ufanas a sus compañeras de aula:
–Nosotros vamos todos los años a ver a la Virgencita, mi papá nos lleva, comemos artos dulces y miramos los castillos–.
Otro agrega.
–Mi tío viene de Yurimaguas y nos trae arta fruta. También nos ha traído un cuadro bonito de la Virgen de las Nieves, dice que el mismo padrecito lo ha bendecido–.
Y así, Dialmira seguía escuchando ese día una letanía de historias que poco a poco fueron humedeciendo sus delicados ojos. Siempre quiso conocer a la “Virgen de las Nieves”, mamá les habla siempre de ella antes de dormir, incluso ha oído a una tía decir que la Virgencita se aparece en sueños a las niñas que se portan bien”. Pero a Dialmira, ni en sueños ni en realidad ni en nada, y no se sabe si irán a la ciudad esta vez pues mamá tarda mucho.
La tarde avanza inmisericorde y mamá no llega. Desde la ciudad de Yurimaguas se oye el tronar de petardos de cuando en cuando, las aves multicolores pían curiosas notas a su alrededor, el viejo tronco sobre el cual se sientan, es testigo de tantas ilusiones, alegrías y tristezas.
De rato en rato Dialmira, abrazando a su hermanita, ve pasar botes repletos de pasajeros que se dirigen a la ciudad de Yurimaguas, van a la fiesta pues se les ve felices, algunos de los niños se despiden de ella con sus manecitas entre la gente.
El inmenso Huallaga quisiera ser un don Señor que colme el ansia de esta niña, pero el creador no le dio esa facultad, el viento las envuelve suavemente pero no puede satisfacer sus ansias. Sólo el sol inclemente se va poniendo en el ocaso despidiendo los sueños y deseos no cumplidos.
De pronto, Dialmira oye unos ruidos en casa, sobresaltada voltea y……….

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