DONDE EL SOL SE OCULTA EN DULCE OCASO, DONDE LAS GALLINAS COBIJAN A SUS POLLITOS BAJO SUS TIBIAS ALAS, ASI ES LA VIDA POR AQUÍ

vISITACIÓN

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“Bueno, no hay nada más feliz que darse” dice la frase. Hay veces en que puedo someter a prueba esas palabras pero… nada, la vida lo muestra clarito, clarito. ¡Qué bien se siente compartir con los niños y adultos, de verlos sonreír a pesar de las penurias que los aquejen.
Los niños sobre todo son los primeros en gozar cuando se comparte con ellos. Una de las cosas que más recuerdo es cuando te dicen: “Hermano, vamos a bañarnos al río”… y cómo saltan de alegría, llevando su pate con su jabón, y lo disfrutan. Se lanzan de costado, dando volantines, buceando… bueno, de todo, realmente gente de agua.
Las familias humilde comparten con el misionero lo poco que tienen, se alegran de la visita y se preparan para la reunión, en la noche. Una buena familia se presenta a la reunión y no se hace de rogar cuando se le ha propuesto ayude para dar catecismo a los niños, es estupendo su respuesta y Dios le debe sonreír mucho.
Y así la vida por estos lares, sencilla como el agua. Al atardecer el sol duerme con esos ocasos de oro, las gallinas cobijan a sus pollitos bajo sus tibias alas, otras suben por un palo al árbol para dormir allí arriba, el zumbido de los zancudos comienzan a bailar alrededor de uno, las criaturas gritan después de un baño fresco, y yo aquí, contemplando el panorama de estos pueblitos donde la vida es chiquito pero feliz.

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